Coment No. 74, 1 de octubre de 2001

      EL RESULTADO FINAL NO PODRÍA SER MÁS INCIERTO

      En su discurso al Congreso estadounidense y al mundo, el presidente Bush dijo, explicando lo que los Estados Unidos pretendían hacer, que había muchas dificultades por vencer, pero que «el resultado final era seguro». No podría haber estado menos acertado. Si su afirmación sólo fuera retórica, se podría considerar el discurso normal del líder de un país acosado. Pero si refleja el análisis que de la situación actual hacen Bush y sus principales consejeros, entonces representa una peligrosa equivocación.

      Desde luego, la primera duda es a qué resultado se estaba refiriendo. Podría aludir a la destrucción de Al Qaida, lo que constituye un objetivo posible aunque extremadamente difícil. O a la eliminación o desmantelamiento de todos los grupos, en cualquier lugar del mundo, a los que Estados Unidos considera «terroristas», en cuyo caso la posibilidad de éxito parece muy dudosa. Podía referirse a una restauración de la fe del pueblo norteamericano y del mundo en general en el poderío militar del gobierno estadounidense, y el éxito en alcanzar ese objetivo es muy incierto. Y también podía significar el respaldo a los intereses de Estados Unidos como país y a sus empresas, objetivo cuya probabilidad de éxito tampoco es muy elevada.

      Es importante pensar en los «resultados» para darse diferentes plazos. Propongo tres: seis meses, un lustro, 50 años. La perspectiva de Bush parece menos oscura a seis meses vista. Consideremos lo que ha conseguido ya en el corto período transcurrido desde el 11 de septiembre. Antes de ese día, la administración Bush se enfrentaba a la oposición, en grados diversos, desde casi todos los ángulos, y en particular desde la fracción demócrata en el Congreso; los aliados en Europa; Rusia y China; los gobiernos y poblaciones de la mayoría de los países de Asia, África y América Latina; y un movimiento «antiglobalización» de amplitud mundial. Se trata, como se ve, de una formidable lista, y casi toda esa oposición ha desaparecido o se ha amortiguado considerablemente desde el ataque del 11 de septiembre. Los demócratas del Congreso y los aliados europeos se han puesto de parte de los Estados Unidos atacados. Rusia, China y la mayoría de los gobiernos de los países de Asia, África y América Latina han expresado algún tipo de apoyo, por matizado que fuera, a una respuesta estadounidense al ataque. El movimiento «antiglobalización» se ha mantenido relativamente tranquilo y se pregunta si debería convertirse en un movimiento por la «paz».

      Por supuesto, Bush no es el único que ha sacado ventajas políticas inmediatas del ataque. Dada la ansiedad de Estados Unidos por alinear de su parte a todo el mundo, al menos mínimamente, se ha mostrado dispuesto a pagar un precio diplomático a cambio, que otros no han vacilado en pedir, especialmente los más alejados del núcleo interno de «amigos». Los demócratas del Congreso y los aliados de Europa occidental no se han atrevido a pedir nada, pero Rusia, China Pakistán, Sudán y varios Estados árabes (y quién sabe a cuántos más ha estado haciendo promesas Powell) han sido menos tímidos, y los demócratas y los aliados de Europa occidental pueden seguir pronto su ejemplo. Así pues, por el momento suena como un juego en el que ganan todos aquéllos a quienes no aprecia Osama ben Laden.

      Sin embargo, dentro de seis meses llegará la factura. Para entonces Estados Unidos tendrá que haber hecho algo en el plano militar. No sabemos exactamente qué, y parece que el propio gobierno estadounidense tampoco. Eso es debido, como todo el mundo admite, a que no hay opciones buenas. Un golpe quirúrgico contra ben Laden a cargo de tropas especiales lanzadas en paracaídas sobre Afganistán corre el riesgo de sufrir el mismo fiasco que el de Irán en 1980, que hizo perder a Carter la reelección. El bombardeo desde el aire sobre Afganistán, que es lo más probable, cuenta con muchas limitaciones: pocos objetivos claros, probables carnicerías de civiles y el flujo de refugiados hacia Pakistán, gran incomodidad política en los países musulmanes, y escasa probabilidad de que con sólo los bombardeos se pueda poner fin al control talibán sobre el Afganistán central.

      Y cuando Estados Unidos decida cuál de esas alternativas dudosamente eficaces elegir, ¿qué? Si «fracasa» militarmente, eso reforzará la afirmación de ben Laden de que Estados Unidos en un tigre de papel, y todos sabemos lo tornadizos que se vuelven los aliados cuando una gran potencia muestra debilidad militar. Si no fracasa en sus acciones per se, pero se ve empantanado en una larga confrontación militar, puede llegarse a una de estas alternativas: pérdidas significativas de vidas norteamericanas (que reproduzcan en Estados Unidos todos los debates internos sobre la escalada que acompañaron a la guerra de Vietnam); grandes pérdidas civiles en Afganistán (que podrían hacer pensar al mundo que las 7000 vidas perdidas en el ataque del 11 de septiembre no justifican una respuesta tan letal); grandes trastornos políticos en algunos países musulmanes, como Pakistán, Arabia Saudí, Indonesia, Egipto, Argelia, Líbano, Palestina, y otros menos obvios.

      Ninguna de esas posibilidades sería buena para el gobierno estadounidense. De repente, se podría generar en el mundo un vasto movimiento por la «paz», y George W. Bush podría convencerse, como Lyndon B. Johnson, de que lo más prudente sería no seguir adelante.

      Ese panorama puede, por supuesto, ser exagerado. Quizá Estados Unidos sea capaz efectivamente de llevar a cabo su golpe quirúrgico. Quizá el talibán colapse por sí mismo convenientemente. Quizá Bush salga de esta confrontación como un héroe victorioso, como su padre en 1991. En tal caso, tendría que hacer frente todavía a otros dos obstáculos.

      El primero de ellos sería doméstico. Su padre cayó en sólo 18 meses desde la victoria e increíbles pronósticos electorales hasta la derrota electoral porque, como se decía entonces, «es la economía, estúpido». Precisamente esta semana el Wall Street Journal, la encarnación del conservadurismo económico en Estados Unidos, decía que el Secretario del Tesoro, Paul O’Neill, podría perder toda su credibilidad debido a su impenitente optimismo sobre la situación económica. Es evidente que muchos capitalistas estadounidenses se están arrugando frente al tormentoso período que se avecina. Los votantes norteamericanos tienen, como es sabido, la memoria muy corta, y una vez que haya pasado el agitar de banderas, votarán con la cartera. Y siempre culpan al partido gobernante de los trastornos económicos.

      Por si eso no fuera suficiente, supongamos que los estadounidenses aprehendieran a ben Laden, derrocaran a los talibán, y al cabo de tres meses algún otro grupo fuera capaz de llevar a cabo otro ataque espectacular, ya fuera en Estados Unidos o en Europa occidental; ¿no se disiparía entonces como el humo todo el crédito alcanzado por Estados Unidos con su victoria frente a la reaparición del monstruo de infinitas cabezas?. Evidentemente, las bravatas y la confianza en sí mismos [de los norteamericanos] sufrirían una gran sacudida. ¿Es acaso tan improbable que eso llegue a suceder?

      Ahora, pues, si nos desplazamos a la perspectiva a cinco años vista, ¿será la posición de Estados Unidos en el mundo más fuerte que ahora? ¿Sobrevivirán los alineamientos geopolíticos actuales como un modo serio de organizar la política global? ¿Puede quizá convertirse el movimiento «antiglobalización» en algo más coherente y mucho más militante que el actual? No son preguntas irrazonables a considerar. Sobre todo, ¿no es posible que las condiciones caóticas se conviertan en algo mucho más universal, y la inseguridad en una pócima cotidiana que nos afecte cada vez a más de nosotros? ¿Y no es posible que la economía mundial comience a oscilar de una forma incontrolable?

      Y si eso sucede, ¿donde estaremos dentro de cincuenta años? Nada podría ser menos seguro. Pero si miramos atrás dentro de cincuenta años, es dudoso que el 11 de septiembre parezca algo tan importante.

      El presidente Bush, en ese mismo discurso al Congreso, dijo: «Y sabemos que Dios no es neutral». Apuesto a que Bush no cuenta con buenas credenciales como teólogo. Siempre he creído que la forma en que las tres grandes religiones occidentales –judaísmo, cristianismo e islam– trataban el problema del mal («si Dios es omnipotente, ¿por qué permite que exista el mal?») era diciendo que Dios había proporcionado a los humanos una voluntad libre. Pero si Dios no es neutral, entonces los humanos no disponemos de esa libre voluntad. Y si la tenemos, Dios es ciertamente neutral en los conflictos humanos.

      Immanuel Wallerstein (1 de octubre de 2001).


      © Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.

      Copyright por Immanuel Wallerstein. Todos los derechos de reproducción reservados. Los Comentarios pueden ser bajados al disco duro, retransmitirse electrónicamente o pueden ser remitidos a otros via correo electrónico, pero no pueden ser reproducidos en ningún medio impreso sin licencia de la persona que posee los derechos de copyright (iwaller@binghamton.edu).

      a la página principal